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Demare faceva scivolare le sue dita sulla tastiera del piano con la stessa sensibilità con la quale componeva tanghi dalla melodia ricca di sentimento. L’uomo e la sua espressione attraverso la musica furono una sola cosa, senza differenze; la sua bonomia traspariva nella sua musica. Romantico come nessuno nelle interpretazioni con il suo strumento. Così lo descrive Osvaldo Soriano, cogliendo l’essenza del pianista e dell’uomo.

Raccogliendo gli estratti dell’intervista al celebre maestro leggiamo direttamente alcuni episodi della sua vita raccontati in prima persona.

Nací en la zona del mercado de Abasto, cerca de la esquina de las calles Gallo y San Luis. Era el corazón de la ciudad. A mí siempre me gustó lo que es porteño, el barrio, los amigos. A los cinco años mis padres me llevaron un poco más allá, a Colegiales. Yo no tuve calle a esa edad, tuve piano. Pero fue piano auténticamente porque lo sentía así. Vivíamos toda la familia en dos piezas. Mi madre me llamaba diciéndome que se enfriaba la comida, y como no iba, me amenazaba con tirármela, pero yo seguía en el piano. Esas cosas en mí eran sinceras, yo las sentía así. Creo que nací para la música. Ahora de donde me salió, no sé. Papá era músico, alumno de Galvani en el conservatorio de Santa Cecilia, un buen violinista. No sé si yo heredé la música de él. Me enseñó algo de teoría, solfeo y teclado. Después tuve un maestro por dos años. Pasado ese lapso el maestro me dijo: «Yo no tengo más nada que enseñarte”.

“A los seis años me senté por primera vez al piano y a los ocho ya me ganaba la vida con la música. Sacaba cuarenta pesos mensuales en un cine cerca de mi casa acompañando la proyección de las películas mudas. Tocaba desde las dos de la tarde hasta las doce de la noche. Aun siendo un trabajo lo hacía con cariño, esto era por el año 1914, desde entonces no paro de trabajar”.

“En ese cine, una vez vino un señor con su hija para hacerla ensayar. La chica era también precoz. Esperó hasta las doce de la noche cuando terminaba el cine. Puso las carpetas en el piano y preguntó por el maestro. Cuando me vio venir a mí, de pantalón corto, levantó las carpetas y se quiso mandar a mudar. No entendía razones, hasta que llegó el dueño y le propuso: «Escúchelo a este chico que anda bien». El hombre lo volvió a pensar y decidió escucharme. Yo comencé a tocar. Al rato comenzó a acercarse a mí y a dar vuelta las hojas, y cuando habían pasado seis u ocho temas le dije: «Mire señor, me imagino que su hija canta muy bien, porque yo dos veces no ensayo”. Questo signore era il padre di Imperio Argentina.

“Mi maestro en el tango fue Minotto Di Cicco. Él fue quien me dijo lo que tenía que hacer. Todo esto lo hacía cuando Canaro se iba, a las tres de la mañana porque él no quería que su orquesta funcionara con otros elementos que no fueran los suyos. Unos meses más tarde, le dije a Canaro que me llevara a Europa. Me preguntó que quería hacer y le respondí: «Tango». «Usted no sabe tocar el tango»”.

Così Lucio Demare raccontò il suo incontro con Carlos Gardel, Francisco Canaro ed altri grandi della musica.

“En 1927 conocí a Carlos Gardel, era la época en que yo con Canaro solamente hacía tangos y compuse algunos a los que no recuerdo si les puse títulos, así de entrada. Uno de ellos fue luego “Mañanitas de Montmartre”. A Canaro le decíamos Pirincho, pero los hermanos lo llamaban Kaiser, porque era un tipo muy duro. Tuve con él muchas cosas gratas, como el viaje a Europa, en donde lo vi serio, responsable, con visión para las cosas.
“Mañanitas de Montmartre” lo estrené en público sin título y sin anunciarlo. Y desde varias mesas más allá me mandaron a preguntar cómo se llamaba el tango. Me entusiasmé por la receptividad e hice “Dandy”. Que por supuesto no se llamaba así, no tenía nombre. Después le pusieron la letra y el título y me lo estrenó Gardel.
El día del estreno tocaba el piano y de repente me lo veo a Gardel al lado mío. Estábamos en el Ambassador, de París, en la Place de la Concorde, un lugar como podía haber sido en Buenos Aires el Armenonville, un restaurante muy distinguido. Allí vi debutar a Paul Whitman. Yo no lo podía creer. Tomé un cuaderno de él y me lo puse sobre el pecho como quien tiene un hijo. Estaban sus atriles, sus cuadernos y llegó para un ensayo con la orquesta en pleno, y su cuarteto vocal donde estaba Bing Crosby.”

“Canaro era un personaje. Recuerdo que tenía una hermosa voiturette y había decidido comprarse unos guantes para manejar. Un día, se encontró con mi viejo y le pidió que lo acompañara a una tienda. Los atendió una vendedora muy simpática. «¿Qué quieren?», les preguntó. «Unos guantes para manejar», contestó Canaro. La vendedora preguntó «Quelle mesure?» (¿De qué medida?), y Canaro entendió «Quelle voiture?» (¿Qué auto?). Entonces se puso ancho y respondió: «Renault». La mujer lo miró sorprendida. Entonces, Canaro agregó: «Diez C.V. y otras cosas más». Cuando se aclaró la confusión Canaro estaba muerto de vergüenza. Se dio vuelta y le dijo a mi padre en voz baja: «Estos extranjeros me tienen podrido»”.

“Yo no llegué a tratar mucho a Gardel. Cuando se paró al lado mío en el Ambassador me preguntó cómo era “Dandy”. Entonces concertamos un ensayo en casa. Vino como un señorito, a la hora que habíamos convenido. Después lo invité a comer un puchero y me dijo: «¿Tu vieja qué es, tana o gallega?». «Tana», le contesté. «Entonces quiero comer pasta». Arreglamos para el día siguiente, para comer unos ravioles. Y mientras mi vieja estaba en la cocina preparando los ravioles le cantó “Dandy” y le dijo: «Mire, esta pieza es de su hijo y con ella hago un gol.
Era un tipo serio y de pocas palabras. Un gran tipo por lo que pude ver. Y cuento esto sin el ánimo de mistificar más a alguien a quien nadie le encuentra defectos. Él podría tenerlos, pero no era fácil verlos. Ayudaba a la gente y no pedía nada. Por entonces estaba en la cumbre de su fama, pero a él no le pesaba.
Me contó que lo había elogiado Caruso, que luego de hacerse amigo de él, le aconsejó: «Nunca hagas lo que hacen los cantores de taparse con una bufanda para protegerse del frío. Salí a la calle como uno más. Cuando yo termino de cantar un acto de una ópera y salgo transpirado, me pongo delante de un ventilador». Y hablando de las irritaciones de la garganta le explicó: «No tomés pastillas, no tomés nada. Cuando sientas que estás mal de la garganta cortá un pedazo de jamón crudo, como un dado y masticalo. El salitre es lo que te va a hacer bien».”

Questo ed altro ancora è possibile leggere dai racconti di Demare fatti a Osvaldo Soriano, una lunga intervista vivamente consigliata per una comprensione integrale della personalità e della vita del maestro.

Fonti consultate

  1. Todo Tango – Semblanza de Lucio Demare por Horacio Ferrer
  2. Todo Tango – Entrevista a Lucio Demare por Osvaldo Soriano
  3. Milonga Ideal – Lucio Demare si racconta (intervista di Osvaldo Soriano a cura di Rosanna Remón e Roberto Manfredi)
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